Me quedé sin bateria

Publicado el 4 de noviembre de 2025, 23:15

"Quien nunca cambia de opinión nunca logra cambiar nada."  __Winston Churchill

Hay momentos en los que todo nos molesta, en los que nada parece encajar, ni siquiera aquello que antes nos hacía sentir bien. Es como si el alma se cansara. En esos días, uno siente la necesidad de sentarse consigo mismo, como quien acompaña a un amigo triste, solo para escucharse sin prisa. Y creo que muchas veces no es tristeza, es simplemente el cuerpo y la mente pidiendo una pausa. Intentamos seguir, distraernos, no sentir, pero hay algo dentro que insiste en que miremos de nuevo.

 

Estos estados aparecen cuando las cosas no salen como imaginamos, cuando nuestras expectativas se rompen o cuando empezamos a profetizar desgracias sobre el futuro. Sabemos de lo que somos capaces, pero también de lo que tememos. Y ahí, entre la exigencia y el miedo, se apaga un poco la luz. Porque muchas veces no es que hayamos perdido la motivación, sino que nos hemos desgastado persiguiendo todo sin detenernos a ver lo que ya logramos.

 

Esta carrera constante nos agota. Vamos detrás de metas y sueños, pero pocas veces nos detenemos a disfrutar lo que hemos construido. Corremos tanto que se nos escapa la capacidad de admirar nuestro propio camino. Y claro, así terminamos sintiéndonos menos capaces, menos plenos, sin darnos cuenta de que ya somos todo lo que alguna vez deseamos ser.

 

Nos cuesta reconocer nuestro valor. Seguimos intentando demostrarle al mundo que somos valiosos, sin mirar que el valor ya está ahí, en lo que somos, en lo que damos, en cómo seguimos intentando. Y cuando la vida cambia —porque cambia— sentimos culpa. Lo que antes nos llenaba, ahora nos aburre, y no entendemos por qué. Pero el cambio no es una pérdida, es señal de que seguimos vivos, de que seguimos creciendo.

 

A veces lo que más nos drena no es el trabajo, ni las personas, sino el miedo a enfrentarnos con nosotros mismos y aceptar que podemos cambiar. Que aunque tengamos metas claras, también tenemos derecho a volver a empezar. A disfrutar lo que somos hoy, sin tanto peso, sin tanta exigencia.

 

Quizás lo que nos apaga no está afuera. Está en no escucharnos, en no reconocernos, en olvidar que la vida que tenemos también es un regalo que ayudamos a crear. No se trata solo de llegar a un objetivo, sino de aprender a disfrutar del proceso, de admirar el trayecto, incluso cuando el cansancio aparece.

 

Porque a veces, lo que parece falta de luz, es solo el alma pidiendo que bajemos el ritmo. Y que recordemos —con amor y sin culpa— lo lejos que ya hemos llegado.

 

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