Cuando era niña me encantaba imaginarme la vida que tendría cuando creciera. Creo que siempre tuve esa habilidad casi mágica de visualizarme, la capacidad de verme a mí misma en un futuro que aún no existía. Me veía caminar, vestirme, lograr cosas que ni siquiera comprendía del todo. No era un acto profundo, no era una visión espiritual… era simplemente mi juego favorito. Un juego donde la imaginación abría una ventana limpia hacia un mañana que yo inventaba sin miedo.
La ilusión de todo lo que podía ser se convirtió en mi manera preferida de entretenerme. Y ahora, al mirar hacia atrás, descubro algo hermoso: muchas de aquellas visiones sí sucedieron. No como las soñé —porque la vida es experta en cambiar los detalles—, pero aparecieron. Otras siguen suspendidas en algún rincón del tiempo, esperando su momento.
Recordar estas experiencias me hace pensar en lo poderoso que es vernos en función de hacia dónde queremos ir, en la capacidad de vernos avanzar, de imaginarnos en la persona que anhelamos ser. Lo que en la infancia era un juego, hoy lo comprendo como una herramienta esencial: una forma silenciosa de construirnos, de elegir un rumbo, de darle sentido a lo que hacemos incluso cuando no lo sabemos explicar. Trazar un camino que dé sentido a nuestras decisiones.
Por supuesto, mis intereses ya no son los mismos que tenía aquella niña que jugaba a inventarse futuros. Crecemos, el mundo se mueve, la mirada cambia. Pero en medio de ese movimiento surgen preguntas que no podemos ignorar:
¿Qué imagen tenemos hoy?
¿En quién se convirtió aquella niña que soñaba sin límites?
¿Hacia dónde queremos caminar?
Cada vez estoy más convencida de que el primer paso para encontrar el camino es recuperar esta capacidad. Volver a imaginar. Volver a vernos en un mañana que aún no ha tomado forma, pero que ya empieza a existir en nuestros pensamientos.
Porque solo cuando nos atrevemos a visualizar quién queremos llegar a ser, podemos reconstruir la imagen que tenemos de nosotros mismos y comenzar a construir un propósito que de verdad nos sostenga.
Quizá el verdadero acto de madurez es recordarnos cada día que aún tenemos permiso de soñar, de crear, de reinventarnos.
Porque al final, todo propósito nace en silencio, en esa pequeña imagen que nos atrevemos a imaginar del futuro.
Y si ponemos atención, veremos que esa imagen sigue ahí, esperándonos.
Esperando que volvamos a creer.
Que volvamos a jugar.
Que volvamos a soñar con la misma libertad de aquella niña que un día —sin saberlo— ya era todo lo que necesitábamos para empezar.
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